El chico lloraba a todo pulmón en medio de ese bosque donde nadie podría escucharlo.

 

Su llanto era sofocado por la lluvia que caía, que además hacía más fácil su tarea: cavar. Pero también le causaba mucho sufrimiento, ya que iba desnudo.

 

Tras él estaba un militar que se refugiaba de la lluvia bajo la copa de un árbol. Con la mano izquierda sostenía un cigarrillo y con la derecha un revolver.

 

—Deja de llorar niño —se quejó el militar luego de un rato —, mejor considérate afortunado; no todos tienen la fortuna de cavar su propia tumba.

 

El chico soltó un alarido más grande.

 

—No es justo —chilló el niño —, yo no quería… yo no quería…

 

El militar resopló cansado.

 

—Ya deja de intentar rogar —dijo sin un atisbo de piedad en sus palabras —. Esto no es nada personal, sólo trabajo.

 

El chico ya no dijo nada más, pero siguió cavando.

 

Luego de un rato, la tumba quedó cavada, el militar la inspeccionó y quedó satisfecho con el trabajo.

 

—Nada mal —dijo dándole una inhalada más a su cigarrillo —. Ahora, ¡de rodillas!

 

El chico, todavía llorando, obedeció y se colocó de rodillas frente a la tumba. El militar preparó su revólver y lo apuntó a la cabeza del muchacho.

 

—Lo siento, pero como te dije, esto no es personal: es sólo trabajo.

 

Se escuchó un bang y luego, silencio sólo roto por las gotas que caían. El militar suspiró y dijo.

 

—Mierda, no reparé en que tendría que ser yo el que tapara ese hoyo.

 

 

***

 

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El tema de la siguiente semana será: El tono

 

 

 

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